AUGUSTO MARIO MORELLO
† 21 de abril de 200
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Querido Maestro:

Tenemos todos una inmensa deuda de gratitud con Ud., de esas que ya antes de hoy se habían tornado imposibles de pagar. Nunca tantos le hemos debido tanto, por sus enseñanzas de vida, además de las incontables lecciones de derecho.

Ud. supo enseñarnos desde la modestia y, como los auténticos maestros, generó lo más preciado para nosotros, la amistad en el sentido más profundo.

Alentó en nosotros, sueños, ilusiones y hasta utopías que están más allá de todos. Nos indujo el amor por las ideas que Ud. abrazaba. Jóvenes ignotos, nos dejó implantada la semilla más fecunda, el fuego más sagrado, y entonces se nos brindó el privilegio de vislumbrar el amanecer que se abre cuando, al cabo, pudimos comprenderlo.
 
     
 

Como los grandes maestros, Ud. sustentó su autoridad no solo en la vastedad y profundidad de sus conocimientos, y la claridad de sus enseñanzas, sino también, y más aún, en su hidalguía y la rectitud vertical de su conducta. Predicó siempre desde el ejemplo de la propia entrega sin desfallecimientos, la responsabilidad y el compromiso. Con el derecho y la justicia que llenó su vida, pero por encima de ello, con la adhesión inclaudicable a los valores y principios que enaltecen la condición humana, al humanismo, la solidaridad, el respeto al prójimo que abrazó desde siempre.

Ud. supo siempre mirar más alto y más lejos. Nos inculcó desprenderse del laberinto de las nimiedades y las intrascendencias, alejándose de la trivialidad y la irrelevancia. Dejar a la vera del sendero los inútiles lamentos por lo que está agotado, y concretar las fuerzas vitales en gestar logros fecundos, sin olvidar las enseñanzas de los mayores.

Ud. porfió siempre por la calidad y la excelencia, desde el esfuerzo cotidiano continuo para el mejoramiento personal, y sobre todo, de nuestras maltratadas instituciones. Le dolió infinitamente la Argentina y se desveló por verla erguida y pujante, ejemplo para América y el mundo. Soñó un destino de grandeza para su ciudad adoptiva, La Plata, la Universidad de Joaquín V. González, el Colegio de Abogados.

Sus obras cumbres perviven: el grupo del Instituto de Derecho Procesal, la carrera de Especialización, como antes la Fundación Ius, cuyo espíritu todavía nos sobrevuela; las Jornadas de Junín, y los vivificantes encuentros del grupo de los Amigos del Derecho Procesal.

Cuando fue convocado para asumir posiciones públicas relevantes, en tiempos de encrucijada institucional a comienzo de los ´70, no titubeó en poner todas sus fuerzas al servicio del país, y lo hizo con sacrificio, desprendimiento personal y profunda vocación democrática y republicana. Fue esa su gran lección de civismo.

Pero, por sobre todo, Ud. supo aposentar en los corazones de todos por su infinita generosidad, su desinterés y desprendimiento, su proverbial bohomía, la bondad de su alma y la nobleza de su corazón, sello inconfundible de todos sus actos.

Todavía, Ud. Maestro nos legó su lección postrera al atravesar con dignidad y profunda paz interior “la última vuelta del camino”: proseguir serenamente hasta el final, venciendo la soledad, con nuevos planes, proyectos, ilusiones y esperanzas realizadoras.

Su irremediable ausencia y la congoja que nos embarga a todos, se transmutará, hemos de estar seguros, desde el corazón y la acción de cada uno de nosotros, alentados ahora como nunca para cumplir el compromiso empeñado con el Maestro. Nos ilumina el faro estelar de su fidelidad auténtica entre la vida y la palabra. Ud. Maestro perteneció a esa raza de hombres que aludía Bertold Brecht, que porque han luchado indesfallecientemente durante toda una vida, son los imprescindibles. Esos seres excepcionales que, como Ud., vivieron con el corazón vital y la mano siempre tendida para la amistad y el compromiso.

Su inmensa obra seguirá alentando por siempre a quienes luchan por los ideales que Ud. nos inculcó, que son en suma los que glorifican la vida.

Recordando a Unamuno, podríamos decir, en nombre del nuestro Ilustre Ausente: “Cuando mi voz calle con la muerte, mi palabra y mi pensamiento os seguirá acompañando con su palpitar vivo”.
Que así sea. Querido Maestro, descanse en paz.

Roberto O. Berizonce

 

 

 
 
   
   
 
         
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